Muchas veces nos consultan como profesionales sobre la necesidad de "cambiar la imagen" del local para aumentar la recaudación de la caja de un local gastronómico.Creen que cambiando el color de la pintura y quizás alguna cosa de decoración el problema ya está solucionado. El concepto es equivocado. Seguramente con este tipo de intervenciones sólo se llega al fracaso. En primer lugar, hay que tener en cuenta que para hacer un cambio de imagen tiene que haber un cambio de actitud y, quizás, hasta otra forma de encarar el negocio.
Desde la arquitectura, lo importante es manejar una identidad como elemento rector, como idea generadora del proyecto, que arranca desde el nombre, el logo o isologo, los colores predominantes, las texturas, las gráficas, las cartas, la iluminación, etc. Esta identidad tiene que transmitirnos ese cambio, esa evolución del establecimiento.
Todo el proyecto debe responder al concepto general, como un todo, no en forma parcial, ni por etapas, ya que vamos a perder esa dimensión del conjunto. Ni que hablar del efecto del impacto, que es el que se crea cuando un local está cerrado durante la reforma generando la sensación de expectativa, quizás hasta de deseo por descubrir la novedad.
Este cambio de imagen, que no es necesariamente oneroso, se basa en una cuestión de criterio y experiencia, dotes que un arquitecto gastronómico avezado aprovechará aportando al máximo los recursos que tiene.
A este concepto integral tenemos que sumar el orientar al propietario, el asesoramiento en el diseño y colores de la indumentaria del personal, de la mantelería, entre otras cosas, para crear un conjunto armonioso, con la decoración del local, logrando el objetivo planteado.
Por último, no nos olvidemos de que una buena imagen, como una fotografía, transmite mucho más que mil palabras.
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